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viernes, 25 de abril de 2008

La muerte entre las flores


Ya Durkheim decía en El suicidio , que la primavera es la estación preferida por los suicidas. ¿Por qué la plenitud de la vida, puede traer consigo la apetencia de la muerte?

Freud se abrió paso entre los frondosos matorrales del principio del placer, para descubrirnos lo que estaba debajo: la fuerza telúrica del Thánatos.

El Thánatos está presente en el placer que nos producen los recuerdos, en la querencia que experimentamos hacia lo ya vivido; en la resistencia a enfrentarnos a lo nuevo. Está en el instante pleno que se resiste a pasar, en el impulso que intenta retener la vida y en el mismo placer.

Y el ser humano, conocedor de sus límites, sabe entretejer vida y muerte, goce y dolor en un cóctel agridulce que bebe religiosamente cada año, con cada primavera.

Hace algunos años escribí sobre esto un trabajo de doctorado. Me lo publicaron en una revista en internet, y por azares de la red se reprodujo como un conejo, y ahora pueden encontrarse de él numerosos clones, y hasta una cita en la Wikipedia (¡y en gallego!).

Éste es el enlace por si a alguien le interesa: La repetición en Deleuze y Freud
El artículo es bastante abstracto y aburrido, Cernuda dice lo mismo y muchísimo mejor:

Si el beso y si la rosa codicio, indiferente hacia los dioses todos,
Es porque beso y rosa pasan. Son más dulces los efimeros gozos.

sábado, 12 de abril de 2008

Abril de lirios y amapolas


Hace 2 años celebramos en la biblioteca el 75 aniversario de la II República con una exposición bibliográfica. Sacamos del depósito todos los libros que teníamos sobre la época de la República, y los fuimos colocando en expositores a la entrada de la biblioteca. La gente podía hojearlos y llevárselos en préstamo, y como eran muchos, los huecos se llenaban enseguida con otros, hasta que los expusimos todos.

Y para recordar la ilusión que depositaron nuestros abuelos en el cambio de régimen, copio este texto de Vicente Aleixandre, en el que nos cuenta como vivió aquel 14 de abril en compañía de otro poeta, Luis Cernuda:

“Era un día de abril y las gentes corrían, con banderas alegres, por improvisadas. Enormes letreros frescos, cándidos, con toda la seducción de lo vivo espontáneo, ondeaban en el aire de Madrid. Mujeres jóvenes, hombres maduros, muchachos, niños. En los coches abiertos iban las risas. Cruzaban camiones llevando racimos de gentes, mejor habría que decir de alegría, gritos, exclamaciones. Pocas veces he visto a la ciudad tan hermanada, tan unificada: la ciudad era una voz, una circulación y, afluyendo toda la sangre, un corazón mismo palpitador. Por aquella calle de Fuencarral, estrecha como una arteria, bajaba el curso caliente, e íbamos Luis y yo rumbo a la Puerta del Sol, de donde partía la sístole y diástole de aquel día multiplicador. Luis con su traje bien hecho, su sombrero, su corbata precisa, todo aquel cuidado sobre el que no había que engañarse, y rodeándonos, la ciudad exclamada, la ciudad agolpada y abierta, exhalada, prorrumpida habría que decir, como un brote de sangre que no agota ni se agota pero que se irguiese. La alegría de la ciudad es más larga que la de cada uno de los cuerpos que la levantan, y parece alzarse sobre la vida de todos, con todos, como prometíéndoles y cumpliéndoles más duración. Así, cuando las gargantas enronquecían, otras frescas surgían, y era un techo, mejor un cielo de griterío, de júbilo popular en que la ciudad cobraba conciencia de su existencia, en verdad de su mismo poder. Ella se sentía voz e hito, como un ademán que se desplegase en la historia.
Luis marchaba sin impaciencia. Todo había sido repentino. El encrespamiento de la ciudad, en la alegría resolutoria, la marcha o el hervor común, el regocijo sin daño, la punta de sol dando sobre las frentes: todo, una esperanza descorredora y, en el fondo el ámbito nacional. Pero Madrid es chiquito, y cada hombre un Madrid como un pecho con su porción de corazón compartido. Luis y yo habíamos marchado como un día cualquiera, porque aún no se esperaba del todo aquello, ignorado de cada cual. Recuerdo aquel movimiento súbito por aquella calle, como por tantas calles que no se veían. ¿De qué hablaba Luis Cernuda? En aquel instante, quién sabe; quizá de un tema literario. Cada uno de los transeúntes se hizo de pronto espuma de curso atropellador: curso mismo o su parte, y él su coronante expresión. Luis y yo, flotadores, remejidos, urgidos, batidos y batidores, aguas hondas y salpicadas crestas, todo a instantes y todo en la comunión. Bajaba el río por la calle de Fuencarral y desembocaba en la Red de San Luis. Por la Gran Vía descendía otra masa humana, no apretada propiamente sino suelta y fresca, con sus banderas y sus cantos, sus chistes públicos, sus risas primeras, una multitud niña, lavada, con lienzos blancos levantados a los rayos del sol. Y en medio los grandes camiones como pesados elefantes que llevasen gentes iguales, reidoras, bailadoras, saludadoras con los ojos, con las manos, con las miradas salutíferas que eran propiamente una invitación a vivir. Porque era vida, vida del todo la ciudad, con los ojos puestos en su mismo esperanzado crecimiento natural.
Luis Cernuda y yo, inmensos, no disueltos, bajábamos casi a oleadas, arriba, abajo, tan pronto claros, tan pronto hondos, sostenidos o sostenedores, hacia la desembocadura o hacia la reunión, si la había, de las aguas, final. Un instante, en atención a él, al ser pasados en el movimiento de las aguas de la calzada a la acera, le dije: “¿Quieres que nos vayamos por esta bocacalle ahora al pasar? Se puede”, “No”, oí su respuesta. “No”, dijo sonriendo; “no”, asintiendo, casi diría extendiendo sus brazos en el movimiento natural. Un momento le miré como nadador. Pero en seguida pensé: no, agua mejor, curso mejor. Y le ví a gusto. Sonrió y se dejó llevar.”

Vicente Aleixandre: Luis Cernuda, en la ciudad . En: La Caña gris (nos. 6, 7 y 8, 1962)

viernes, 21 de diciembre de 2007

Don Benito el garbancero

Así es como llamaba Valle Inclán a Benito Pérez Galdós, por su estilo castizo, reflejo de la realidad cotidiana de su época. Sin embargo Galdós es un verdadero creador de mundos, un inventor de personajes por los que rezuma la vida, y sobre todo, un cronista excepcional de la convulsa historia de España del siglo XIX. Animamos a redescubrir a Galdós, y transitar de su mano por los estrechos vericuetos de la España del XIX.

El poeta Luis Cernuda dedica a Galdós uno de los poemas de su último libro: La desolación de la quimera, del que citamos algunos fragmentos:

"Su amigo, ¿desde cuándo lo fuiste?
¿Tenías once, diez años al descubrir sus libros?(....)
Y cruzaste el umbral de un mundo mágico,
La otra realidad que está tras ésta (....)
Con tantos personajes creados para siempre (...)
Más vivos que las otras criaturas
Junto a tí más pálidas pasando,
Tu amor primero lo despertaron ellos;
Héroes amados en un mundo heroico,
La red de tu vivir entretejieron con la suya (....)
Hoy cuando a tu tierra ya no necesitas
Aún en estos libros te es querida y necesaria,
Más real y entresoñada que la otra;
No ésa, más aquella es hoy tu tierra,
La que Galdós a concer te diese,
Como él tolerante de lealtad contraria (...)
La real para tí no es esa España obscena y deprimente
En la que regentea hoy la canalla,
Sino esta España viva y siempre noble
Que Galdós en sus libros ha creado.
De aquella nos consuela y cura ésta"

Galdós en la biblioteca: http://cisne.sim.ucm.es/search*spi/X?SEARCH=a%3A%28perez+galdos%29&l=&searchscope=6&m=&b=480&p=&Da=&Db=&SORT=D